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La agonía y honestidad de Selena Gomez

La agonía y honestidad de Selena Gomez

Ha luchado contra su trastorno bipolar, una enfermedad que amenaza su vida y el infierno sensacionalista. Ahora, se está abriendo sobre todo de la mejor manera posible.

SELENA GOMEZ tiene mucho equipaje. Dice que esto es cierto tanto «literalmente como en sentido figurado», y lo dice mientras yo llevo mi propio equipaje literalmente a través del umbral de su casa de Los Ángeles, después de haber pasado primero por la puerta de seguridad, luego subiendo la verde colina, luego a lo largo de una resplandeciente piscina, antes de dejarlo en una especie de habitación glamurosa con una alfombra floreada con vistas al patio a través de las puertas de cristal. A estas alturas, puede que esté sudando un poco. Gomez me abraza igualmente, luego se escabulle por un pasillo para hablar con una joven sobre el aire acondicionado. Cuando vuelve, se sienta en una sillón de cuero blanco de estilo salón y se lanza contando cómo, justo antes de mi llegada, había estado comiendo un bol de açai y se dio cuenta de que «toda mi cara estaba morada». El sensación aquí es clara: somos humanos. Suspiramos. Tenemos comida pegada a la cara. Tenemos equipaje. Bienvenido.

Desde hace un tiempo, se podría decir que ésta ha sido una de las señas de identidad de Gomez, este tipo de abrazo con los brazos abiertos a la condición humana. Sus últimos álbumes abarcan un registro emocional que comienza en lo «personal» y termina en algún lugar alrededor de lo «aplastantemente confesionales», canciones que, según ella, han llegado a través de una alquimia de desorden emocional, comida china para llevar y un serio desahogo. «Un día entré, y los productores me preguntaron: ‘¿Cómo estás?’ Y yo dije: «Quiero un novio». Me dijeron: «Oh, ¿deberíamos escribir sobre eso?» Yo dije, «Sí». Y esa es toda la canción: «Quiero un novio», dice de ‘Boyfriend’, una de las canciones más destacadas del excelente Rare de 2020, un álbum que continúa una racha de años tratando de lidiar con sus sentimientos en medio de irresistibles ganchos pop.

Luego está su actuación, en concreto su capacidad de aterrizar cualquier proyecto que participe: aportando una pizca de decencia en el marasmo moral de Spring Breakers, ofreciendo una explicación clara de los CDO (Obligaciones de Deuda Garantizada) sintéticos en La Gran Apuesta, siendo el papel sardónico y lacónico de la comedia de Steve Martin y Martin Short en Solo asesinatos en el edificio.

«Su cómica minimización y el hecho de mirarnos como si fuéramos dos ancianos locos fue perfectamente oportuno», dice Short. «Ella tiene, 18 mil millones de seguidores en Instagram porque la gente sabe que es auténtica. Y saben que no tiene miedo de abrirse y decir: «Estoy tan aferrada como cualquier otra persona». La mayoría de las grandes estrellas no sienten que deban de hacer eso. Su fuerza es su honestidad».

Ciertamente fue en su programa de cocina pandémica, ‘Selena + Chef’, una clase magistral de autodesprecio en la que, en varios momentos, casi se corta los dedos con un cuchillo en color de arcoiris, le dan arcadas mientras corta un pulpo y saca del horno algo en llamas con una mirada horrorizada. Hablando de náuseas, su línea de belleza, Rare Beauty, es una de las pocas que pretende «abrazar la belleza interior» que no desencadena ese reflejo, en parte debido a su inclusión (hay, como es bien sabido, 48 tonos de base), y en parte porque una parte de sus ganancias se destina a los esfuerzos para proporcionar a las comunidades desfavorecidas acceso a los servicios de salud mental. Lo que nos lleva a todo el tema del equipaje. Y aquí es difícil saber por dónde empezar. Tal vez con el diagnóstico de la enfermedad autoinmune lupus, que es desencadenada por el estrés y obligó a Gomez a someterse a un trasplante de riñón en 2017, tras el cual el órgano consiguió volcarse, causando daños graves a una arteria y obligando a los médicos a someterla a una cirugía de seis horas durante la cual bien podría haber muerto. Así que eso es… mucho, incluso si no se la relaciona con una serie de rupturas muy públicas con personas como Justin Bieber y The Weeknd y un diagnóstico de trastorno bipolar, que compartió por primera vez con el mundo a través de un episodio de 2020 del programa ‘Instagram Live: Bright Minded’ de Miley Cyrus. Mientras tanto, aparecía por aquí y allá para transmitir su alergia a las gilipolleces, para hacer llamamientos por la bondad y la decencia, y para luchar contra los males de las redes sociales mientras en un momento dado acumulaba más seguidores de Instagram que cualquier otro ser humano en el planeta, una locura si alguna vez hubo una. Es difícil pensar en otra celebridad que se ha resentido contra las trampas de la fama de manera tan conflictiva, que ha parecido tan muy conflictiva, que ha luchado contra las lágrimas tan conmovedoramente en tantas etapas («No soy una llorona bonita», ha dicho, aunque por supuesto que lo es).

De hecho, la palabra «auténtica» se utiliza con mucha frecuencia si te refieres a Gomez que podría ser perdonado por asumir que ha llegado hasta lo más rofundo, al menos en la medida que ella lo sondeará públicamente. Pero luego está esto: Selena Gomez: My Mind and Me, un documental sobre la lucha de Gómez contra la enfermedad mental que se estrena el 4 de noviembre en Apple TV+. Cualquier idea preliminar de que esto podría ser una pieza de propaganda o un proyecto de vanidad se rompen a los cinco minutos, cuando la angustia mental que causó a Gomez cancelar su Revival Tour en 2016 antes de tiempo e internarse en un centro de tratamiento está completamente exhibido, dolorosa y llorosa. Las cámaras no dejan de grabar, y la próxima hora más proporciona una de las exploraciones menos edulcoradas de las enfermedades mentales que se puedan encontrar en una película. Hay escenas en las que Gomez es incapaz de salir de la cama, escenas en las que arremete contra sus amigos, escenas en las que vaga por su casa sin rumbo, escenas de ella desmoronándose en medio de un tour de prensa, respondiendo despectivamente al circo mediático cuando no parece desvincularse por completo.

El documental es tan crudo que Gomez casi no firma su lanzamiento.

«Estoy muy nerviosa», dice sobre esa perspectiva, subiendo sus pies descalzos a la silla. «Como tengo la plataforma que tengo, es como si me estuviera sacrificando un poco por un propósito mayor. No quiero que eso suene dramático, pero casi no lo publico. A decir verdad, hace unas semanas, no estaba segura de poder hacerlo».

FOTOGRAFÍA BY AMANDA CHARCHIAN PARA ROLLING STONE. BODY DE WOLFORD. PENDIENTES Y BRAZALETES DE LOUISE OLSEN. BRAZALETES DE SIDNEY GARBER.

Así es como empezó todo. Gomez estaba de viaje en México. Mientras sus amigos jugueteaban, ella se encerraba a ver documentales, porque eso es lo que hace. Vio un tráiler de Madonna: Truth or Dare de 1991, decidió echarle un vistazo, e inmediatamente «salió corriendo con todo el mundo y sus piñas coladas, y dije: ‘Chicos, tenéis que verlo’«. Luego se puso en contacto rápidamente con el cineasta, Alek Keshishian, que resultó ser el hermano de su manager, y lo persuadió para que hiciera su vídeo en 2015 de ‘Hands to Myself’. Cuando eso salió bien, los dos empezaron a pensar en otro proyecto. Gomez estaba planeando su Revival Tour y pensó que podría ser genial hacer un documental artístico de la gira a lo Truth or Dare. Keshishian no estaba seguro de estar interesado en hacer otro documental sobre un músico — ya lo había hecho — pero sí le interesaba la posibilidad de capturar la fatídica transición de joven estrella del pop a artista pleno. Igual que todo el mundo, conocía los grandes rasgos de la historia de Gomez: cómo había crecido en Grand Prairie, Texas, nacida cuando sus padres tenían 16 años, todavía en el instituto y mal preparados para criar a un hijo juntos, cosa que no hicieron: Gomez vivía con su madre, Mandy Teefey, y los padres de su madre. Teefey había querido ser actriz, y entre sus trabajos en Dave and Buster’s y Starbucks, y buscando en los asientos del coche suficiente monedas para comprar cenas de ramen, había llevado a Gomez a las producciones de teatro comunitario en las que estaba, que es como Gomez se aficionó a la actuación.

«Ella era muy guay», dice Gomez sobre su madre. «Era como Drew Barrymore en los años noventa, con su pelo corto y sus pinzas de mariposa. Se hacía su propia ropa. Yo decía: «Mamá, quiero hacer lo que tú quieres hacer». Y ella dijo: «Vale, bueno, tal vez podamos meterte en clases de teatro». Y yo dije: «No. Quiero salir en la televisión».

El primer papel de Gomez fue en un anuncio de Joe’s Crab Shack. A los siete años, dos años después de que sus padres se separaran, consiguió su papel en Barney, que se rodaba en un suburbio cercano de Dallas, y que ayudó a Gomez a sentir que estaba escapando de algo. «No tenía que vivir la vida real», dice. «Podía ir a jugar al Mundo de Barney, y eso era genial. Servicios artesanales por los que morirse». A los 10 años, había envejecido («Me echaron porque era demasiado mayor; el negocio empezaba a esa edad») y fue bandeada por Disney, yendo y viniendo de Texas a Los Ángeles, viviendo a duras penas con la dieta de Disney, compartiendo un loft de una habitación en el centro de Los Ángeles con su co-protagonista de Barney, Demi Lovato y toda su familia. Cuando regresó a su casa en Grand Prairie, era tímida y una especie de paria: «Intentas ir a la escuela secundaria y decirle a todo el mundo que estabas en Barney». Dejó Texas para siempre cuando consiguió el papel principal en Los magos de Waverly Place, un sueño hecho realidad hasta que los paparazzi empezaron a aparecer fuera del plató cuando tenía 15 años. Al cabo de unos años, su primer romance fue una burla y diseccionado en las portadas de los tabloides de todo el mundo. Su padre la apoyó todo lo que pudo, pero, dice, «no quería ser parte de esta vida de la industria, así que nos fuimos mi madre y yo, fue nuestro viaje».

Keshishian no estaba seguro de cuánto de ese viaje se sentiría cómoda compartiendo

«Le dije: ‘Para que yo haga esto, tendrás que darme acceso completo a todo. Eso es lo que Madonna me dio», explica Keshishian. «Y ella dijo: ‘No, no, te lo daré’. Y yo le dije: «Bueno, tienes 24 años. Quiero asegurarme de que estás bien con lo que prometes». Tuvimos una prueba, y ella se mantuvo fiel a su palabra. Ella me dejó tener acceso para filmar todo».

FOTOGRAFÍA DE AMANDA CHARCHIAN PARA ROLLING STONE. VESTIDO DE GABRIELA HEARST. PENDIENTES DE LADY GREY. ANILLO DE MONICA VINADER X KATE YOUNG.

«Todo» resultó incluir algunas cosas bastante serias. «Podía sentir que había dudas sobre lo cómoda que iba a estar con dejarme mostrar el tumulto de lo que estaba pasando», dice Keshishian. Al final, Gomez dejó su gira; Keshishian archivó el proyecto.

«Voy a ser muy abierta con todos sobre esto: he estado en cuatro centros de tratamiento», me dice Gómez ahora. «Creo que cuando empecé a llegar a los veinte años es cuando empezó a oscurecerse mucho, cuando empecé a sentir que no tenía el control de lo que estaba sintiendo, ya fuera muy bueno o muy malo».

Sus altibajos duraban semanas o meses, impulsados de la nada en lo que pudiera explicar. A veces, no podía dormir durante días. Estaba convencida de que necesitaba comprar un coche a todos los que conocía, que «tenía un don y quería compartirlo con la gente», —un síntoma de manía complicado por el hecho de que, en su caso, era cierto. Entonces, venía el bajón. «Empezaba con la depresión, luego pasaba al aislamiento», dice. «Luego, simplemente no podía levantarme de la cama. No quería que nadie me hablara. Mis amigos me traían comida porque me querían, pero ninguno de nosotros sabíamos qué me pasaba. A veces eran semanas en las que estaba en la cama, hasta el punto que bajar las escaleras me costaba». En realidad, nunca intentó suicidarse, pero pasó unos años contemplándolo.

«Pensé que el mundo sería mejor si no estaba», dice de con naturalidad.

Había cosas que pensaba que podrían estar contribuyendo a su angustia. Estaba luchando por encontrar una voz artística auténtica, para esquivar el lustre de Disney, para envejecer junto con sus fans. Su salud era precaria. Su vida no se parecía mucho a lo que se había imaginado en Grand Prairie. «Crecí pensando que me casaría a los 25 años», dice. «Me destrozó el hecho de estar lo más alejada de eso. Fue muy tonto, pero realmente pensé que mi mundo se había acabado».

Y fue difícil compartir estos miedos con personas cuyas vidas no habían sido descarriladas por la fama, incluso cuando, dice, «nunca encajé con un grupo guay de chicas que fuesen celebridades. Mi única amiga en la industria es Taylor [Swift], así que recuerdo sentir que no encajaba. Sentía la presencia de todos los que me rodeaban viviendo una vida plena. Tenía esta posición, y estaba muy feliz, pero… ¿lo era? ¿Estas cosas materialistas me hacen feliz?» Se dio cuenta de que: «Simplemente no me gustaba quién era, porque no sabía quién era».

En 2018, oía voces y, a medida que las voces se hacían cada vez más fuertes y ahogaban cada vez más del mundo real, desencadenaron un episodio de psicosis. Gomez solo recuerda fragmentos de esta época, pero sabe que acabó en un centro de tratamiento, donde pasó varios meses suspendida en paranoia, incapaz de confiar en nadie, pensando que todos iban a por ella. Desde entonces, sus amigos le han dicho que era irreconocible durante ese período. Su madre se enteró del episodio de TMZ.

PHOTOGRAPHY BY AMANDA CHARCHIAN FOR ROLLING STONE. DRESS BY PROENZA SCHOULER. CHOKER BY SIDNEY GARBER. EARRINGS BY COMPLETEDWORKS

Una de las cosas más aterradoras de la psicosis, me dice Gomez, es que nadie puede predecir cuando y si terminará. Algunas personas salen de ello en cuestión de días o semanas; otras nunca lo hacen. Gomez se encontró lentamente «saliendo de la psicosis», como ella misma dice. Le diagnosticaron trastorno bipolar, lo que la ayudó a entender lo que había sucedido, pero también significaba que estaba llena de medicamentos, los médicos lanzando cosas a la pared y esperando que algo se pegara.

Mejoró, más o menos. «Es que yo había desaparecido», dice, explicando el efecto que las drogas tuvieron en ella. «Ya no había ninguna parte de mí que estuviera allí». Después de salir del centro, encontró a un psiquiatra que se dio cuenta de que estaba tomando demasiados medicamentos que no debería haber tomado y le retiró todos menos dos. Poco a poco, sintió que empezaba a recuperarse. «Realmente me guió», dice Gomez. «Pero tuve que desintoxicarme, esencialmente, de los medicamentos que tomaba. Tuve que aprender a recordar ciertas palabras. Me olvidaba de dónde estaba cuando hablábamos. Me costó mucho trabajo aceptar que era bipolar, pero aprender a lidiar con ello para no desaparecer».

La filantropía la ayudó. Se dio cuenta de que había algo en hablar con otras personas sobre cosas reales que la hacía aterrizar, la sacaba de su propia cabeza, aunque sólo fuera momentáneamente. Comenzó a preocuparse por la política, hablando abiertamente sobre cómo su abuela mexicana había entrado en los Estados Unidos escondida en la parte trasera de un camión, y a ceder periódicamente sus cuentas en redes sociales a personas como Alicia Garza, una de las co-fundadoras de Black Lives Matter, y Kimberlé Crenshaw, que acuñó el término «interseccionalidad». Fue co-productora de la serie de Netflix, Living Undocumented y de Por Trece Razones, uniéndose al elenco para hacerse un tatuaje de punto y coma; un mensaje de solidaridad con aquellos que han luchado con la ideación suicida y otros problemas de salud mental, — y en defensa del programa contra las acusaciones de romantizar el suicidio. Creó la Fundación de Rare Beauty, cuyo objetivo es recaudar 100 millones de dólares para hacer cosas como ofrecer un plan de estudios de salud mental en las escuelas estadounidenses y combatir el estigma contra las enfermedades mentales que puede impedir que la gente busque ayuda. A principios de este año visitó la Casa Blanca y  empezó a trabajar con el Cirujano General, Vivek Murthy.

«Hay algo muy poderoso en lo que está haciendo, no solo por otras personas, sino para la propia Selena», me dice Murthy. «Cuando luchas contra los problemas de salud mental, eso puede erosionar tu sentido de identidad, tu propia autoestima, y luego hace que sea cada vez más difícil llegar a otras personas y así se entra en esta espiral descendente de la soledad y aislamiento. La fundación tiene el poder de romper ese ciclo».

Gran parte del proceso continuo para tratar de romper ese ciclo se grabó en el documental. En 2019, después de recibir su diagnóstico de trastorno bipolar, Gomez viajó a Kenia en nombre de la Fundación WE, visitando escuelas para cuya reconstrucción había ayudado a recaudar fondos. Invitó a Keshishian a documentar el viaje. Cuando regresó de África, él siguió filmando. La pandemia comenzó y siguió filmando. El lupus de Gomez volvió de la remisión y siguió filmando. Su lucha por la salud mental continuó, y él siguió filmando, incluso cuando no estaba seguro de que debía hacerlo. «Estaba en su casa, y ella [estaba] llorando», dice. «Yo sostenía mi iPhone, y dije: ‘No sé si debería grabar esto’. Y ella dijo: «No, quiero que grabes esto. Quiero que grabes esto».

También entregó a Keshishian sus diarios, cuyas líneas narran partes de la película. Con el tiempo, empezó a ver que había «un documental más profundo sobre una joven que luchaba por incorporar su diagnóstico, —recién salida del psiquiátrico — y tratando de reconciliar el hecho de que sigue siendo una paciente,que todavía está en las primeras etapas de su recuperación, pero quiere desesperadamente utilizar su plataforma para el bien y hablar de ello. Hay cierta tensión porque, obviamente está tratando de ser un ejemplo para los demás, pero todavía no está al otro lado, por así decirlo».

Gomez sabe que en realidad no hay «otro lado», que la psicosis podría volver, que su diagnóstico bipolar es algo con lo que siempre tendrá que navegar y lidiar. Ella dice que ha visto el documental solo un puñado de veces, y aunque inmediatamente reconoció su crudo potencial, estuvo dudando si publicarlo o no.

«Sé que tiene un gran mensaje, pero ¿soy la persona adecuada para sacarlo a la luz? No lo sé», afirma claramente. «Quería que alguien dijera: ‘Selena, esto es demasiado intenso’. Pero todo el mundo me decía: «Estoy muy emocionado, pero ¿estás preparada para hacer esto? Y ¿te sientes cómoda?». Finalmente, Apple TV+ organizó su proyección.

Gomez no vio la película, pero sí la respuesta del público después. Vio el impacto emocional. «Me dije: ‘Vale, si puedo hacer eso por una persona, imagínate lo que podría hacer’. Al final, lo hice. Simplemente dije: «Sí».

Gomez espera que haya sido la decisión correcta. En un momento dado, ella pregunta qué pienso de ‘Mi mente y yo’, quiere que sea honesta. Le contesto, honestamente, que creo que es profundo y poderoso, y luego de repente le estoy contando sobre los ataques de pánico que empecé a tener durante la pandemia, y cómo iban empeorando — inmóvil, insoportables — mi mente comenzó a hacer cosas a mi cuerpo, y que, una vez hechas, esas cosas eran reales y dolorosas y mi mente no podía manejarlas, el bucle era infinito y sentía que nunca, nunca sería capaz de romperlo. Le cuento que estaba llena de medicamentos, los médicos tiraban cosas a la pared y esperaban que algo se quedase. Le cuento lo difícil que fue romper el bucle, encontrar soluciones y desintoxicarse.

No estaba planeado contar esta historia. Este artículo no es sobre mí. Pero entonces, te das cuenta que ese es exactamente el punto de Gomez: transponer la narrativa, hacer que no sea sobre ella. Mientras balbuceo, me doy cuenta de lo mucho que ha conseguido. «Ese es el mejor regalo que podrías haberme hecho hoy», dice en voz baja después de quedarme sin palabras. «Decir que has entendido lo que se siente. Eso es todo lo que quiero. Conozco a personas que han sentido esas cosas que no saben qué hacer. Y solo quiero que eso sea normal».

En una tarde soleada de octubre, Gomez sale de un todoterreno y sube en tacones por una rampa de madera contrachapada hasta la entrada trasera del Centro de Medicina Académica de Stanford en Palo Alto, California. Dentro, en una elegante sala de conferencias, están los asistentes a la Cumbre de Innovaciones en Salud Mental: unos cien investigadores y nombres audaces (el cirujano general de California; el hijo de Robin Williams) reunidos para «concienciar sobre las terapias de salud mental de vanguardia» y para escuchar a Gomez y Elyse Cohen, la vicepresidenta de la Fundación de Rare Beauty, hablar sobre los estándares de belleza poco realistas («Yo no me veo así. Quiero decir, esto me llevó tres horas para conseguirño», admitió Gomez) y la creación de una «empresa libre de estigmas», y lo que Gomez hizo más recientemente para apoyar su salud mental (respuesta: la noche anterior, en lugar de ir a ver Schitt’s Creek en la «burbuja segura» de su suite en el Palo Alto Four Seasons, bajó las escaleras y se unió con algunos de su equipo junto a la hoguera). Ahora, estas reuniones con científicos o profesionales de la salud, estos debates sobre cómo apoyar la salud mental de una manera micro y macro. «En realidad estamos en comunicación con toneladas de diferentes organizaciones y recursos de salud mental a través de Rare Impact«, dice Gomez en su suite esa mañana, vestida con capas de tejidos suaves y sentada en una mesa repartida con los restos del desayuno. «Me encantan estas conversaciones». Pero también entendió la compensación: al cambiar la narrativa a una causa mayor, había aceptado implícitamente ser una cara de ella.

FOTOGRAFÍA DE AMANDA CHARCHIAN PARA ROLLING STONE. BODY DE WOLFORD. PENDIENTES Y BRAZALETES DE LOUISE OLSEN. PUÑOS DE SIDNEY GARBER.

Cuando le pregunto sobre esto, se retuerce visiblemente. «No creo necesariamente que yo sea la cara o que quiera ser la cara. Hay reservas», admite. Pero, por otro lado, dice: «me enorgullece en realidad estar hablando de cosas importantes, no de estar sentada aquí solo hablando de mi marca y de ‘estoy estupenda, y tengo esto y esto’. Ya hay bastante de eso».

Antes de esa mañana, me había dicho:

«Me recuerdo constantemente a mí misma que hay una razón por la que estoy aquí. Suena muy cursi cuando lo digo a veces, pero realmente no sé de qué otra manera estaría aquí, simplemente basado en las cosas médicas y los equilibrios en mi cabeza y las conversaciones que he tenido conmigo misma [que eran] muy oscuras».

Si hay una razón por la que está aquí, piensa, debe ser ésta.

Después de la charla en Stanford, Gomez se queda en una antecámara del centro mientras se acercan varios dignatarios de salud mental. En un momento dado, se quita los tacones y queda descalza en el suelo, asintiendo con la cabeza a una discusión sobre cómo las sesiones de terapia del futuro podrían ser llevadas a cabo por robots (una idea aparentemente terrible hasta que uno se entera, como lo hacemos en ese momento, que el 98% de Wisconsin no tiene acceso a ningún tipo de atención de salud mental) Gomez no dice mucho, — ha dejado claro que no es una experta sino que está allí para escuchar —, pero cuando la gente comparte sus propios problemas de salud mental con ella, acepta estas historias con amabilidad, pareciendo canturrear con la aceptación y de buena voluntad.

Todavía le cuesta digirir esa misma aceptación y buena voluntad hacia sí misma. «No estoy bien, solo he vuelto a mi vida feliz», me dice la semana anterior en su habitación glamurosa. En un momento dado, menciona que los riñones donados no duran para siempre, que los suyos podrían tener una vida útil de sólo 30 años. «Lo cual está bien», dice. «De todos modos, podría decir: ‘Paz y tranquilidad'». Habla de ir a visitar a una amiga que estaba tratando de quedar embarazada y, después, meterse en el coche y llorar: la necesidad de permanecer con los dos fármacos que toma para su trastorno bipolar significa que probablemente no podrá tener a sus propios hijos, y «eso es una cosa muy importante y presente en mi vida», aunque está convencida de que «sea como sea, los tendré». Me habla de un sueño recurrente que tiene, uno en el que a menudo viaja, siempre cerca del agua, y en el que descienden voces de distintas formas para condenarla sutilmente, para preguntarle si ha aprendido su lección, para decirle que no está haciendo lo suficiente o haciendo demasiado. «Creo que hay algo sobre mí que quizá sea mi bipolar, eso me mantiene humilde, de una manera oscura», me comparte.

Ha intentado de «hacer de la bipolaridad mi amiga», como ella misma dice: haciendo terapida dialéctica continua y terapia cognitiva conductual, visitar a gurús y a su terapeuta, confiar en «una fuerza que es mayor», acercándose a su madre, que dice que ha sido «muy abierta en cuanto  a sus luchas con su propia salud mental» y trabajar con ella para lanzar Wondermind, un sitio web dedicado a la salud mental. Ha intentado tener sentido del humor sobre todo el asunto, con cierto éxito. «Llamé a mi nuevo riñón ‘Fred'», dice. «Le puse el nombre de Fred Armisen porque me encanta Portlandia. Nunca lo he conocido, pero secretamente espero que lo descubra solo porque quiero que diga: «Qué raro». También hace un balance de sus propios indicadores de aptitud mental. En septiembre, Hailey Bieber apareció en un podcast, habló del vitriolo que había recibido de los fans de Gomez y, naturalmente, hizo que la mente de la colmena de la prensa sensacionalista se volviera loca. Gomez acudió a TikTok para calmar la situación apelando a la amabilidad de sus fans. Mientras hablamos, parece mencionar el incidente sin que nadie se lo pida, como ejemplo de cómo está aprendiendo a desenredarse del drama fabricado. «Alguien hizo un comentario y me involucró, y luego durante dos días me sentí mal conmigo misma», dice oblicuamente, sin mencionar a Bieber por su nombre, pero planteando que en el pasado, tal incidente podría haberla hecho retroceder durante meses. Esta vez, no lo hizo. «Solo voy a decir: ‘Que todo el mundo sea amable con los demás. Que todo el mundo se centre en lo que está pasando en el mundo real». (Unas semanas más tarde, en el mundo real, Gomez y Bieber fueron vistas siendo amables la una con la otra en una gala en Los Ángeles).

Aparte de TikTok, ella se mantiene famosamente fuera de las redes sociales, habiendo eliminado hace mucho tiempo las aplicaciones y entregado las contraseñas a su asistente, que publica fotos y mensajes que Gomez le proporciona. Ella coge su teléfono como si fuera un objeto de interés pasajero. «Ni siquiera recuerdo qué es lo último que leí», dice. «La verdad es que tengo curiosidad». Sus dedos se sobre la pantalla y sonríe. Lo último que había buscado era «peinados para los Emmys». Lo anterior fue «bienes raíces». En tres semanas, se mudaría a Nueva York, donde la tercera temporada de Only Murders comenzará a rodarse en enero. Cuando recibió el guión por primera vez, se preocupó por la óptica, — un trío protagonista formado por una joven mujer y dos hombres mayores —, pero ahora se ríe de la idea de que alguna vez había tenido esa preocupación. «En el set se respira un ambiente muy familiar, de mucho apoyo», dice John Hoffman, creador de la serie junto a Martin, y añade que él, Martin y Short tienen una especie de relación «paternal» con Gomez, incluso todavía cuando no sabían lo frágil que era cuando comenzó el rodaje de la primera temporada. «Me hizo llorar cuando vi el tráiler», dice de ‘My Mind and Me’.

Gomez se sintió atraída a Nueva York por la perspectiva de estar de vuelta en una ciudad en la que la gente suele dejarla en paz.

«Hay gente que me dice literalmente: ‘Deja de decir que no te gusta Los Ángeles'», dice. «Pero si te soy sincera, mi horario en Nueva York es la crème de la crème. Tengo mi sistema ahí, tengo mis entrenamientos ahí, tengo mis puestos de café. Puedo caminar y respirar, e inspirar en la ciudad de Nueva York y la gente y la vida que hay ahí».

Tiene previsto tomar clases de español, como preparación para una película en español que filmará este verano. Tiene previsto realizar algunas sesiones de escritura, completar las 24 canciones que ya ha escrito para su próximo álbum, que dice que puede comenzar a grabar a finales de año. Está orgullosa de ‘My Mind and Me’, la canción co-escrita con el equipo de producción pop Monsters and Strangerz que aparece en la película, pero es un indicador de su actual salud mental que estas 24 nuevas canciones existan, que siente que ahora tiene algo más que decir.

«‘Mi mente y yo’ es un poco triste», explica, «pero también es una forma muy bonita de poner un botón a la parte documental de la vida, y luego solo serán historias divertidas de mí viviendo mi vida y teniendo citas y teniendo conversaciones conmigo misma. Siento que va a ser un álbum que dice: «Oh, ya no se siente así; en realidad está viviendo la vida».

FOTOGRAFÍA DE AMANDA CHARCHIAN PARA ROLLING STONE. VÍSTETE CON UN AUTORRETRATO. PENDIENTES DE PIEDRAS PRECIOSAS DE MONICA VINADER X KATE YOUNG

Este verano, Gomez cumplió 30 años y se organizó una fiesta. «Pensé que ya estaría casada, así que me organicé una boda», aclara con ironía. Invitó a personas que habían sido parte de su vida en sus veinte años, tanto si todavía estaba cerca de ellos como si no. Quería celebrar esa época, y también celebrar que se había dejado eso atrás. La fiesta fue en Malibú, en una casa privada donde los ángulos modernos y concretos se suavizaron con abundantes rosas rojas y velas. Hubo baile. Hubo vestidos de gala, incluido uno rosa de Versace, que llevó Gomez. Fue elegante, dice, con clase. Miley Cyrus estaba allí («joder, la quiero») y la hermana pequeña de Gomez, Gracie, y su donante de riñón, Francia Raísa, y Camila Cabello y Billie Eilish y Olivia Rodrigo y un pastel de Barney. «Tuvimos unas copas encantadoras, y fue precioso, y luego mi amiga Cara [Delevingne] entra y trae strippers», dice, riendo. «Así que me gustaría decir que fue una mezcla de sofisticaciñon e histeria».

Es tentador enmarcar esta nueva década como un nuevo comienzo. Pero Gomez sabe, —y yo también—, que no es así como funciona su enfermedad mental. No es así como funciona la vida real. Es un signo de crecimiento, tal vez, que ella se pregunte si su crecimiento es infaliblemente lineal, que se oponga a cualquier implicación de que esté teniendo un renacimiento, o que tal cosa realmente existe. «No tengo otra historia de reinvención», me cuenta. «Tengo 30 años y voy a pasar por momentos de mi vida». Si hay un lado positivo, es este: «Me recuerdo a mí mismo que no estaría aquí si no fuera por el brote psicótico, si no fuera por mi lupus, si no fuera por mi diagnóstico. Creo que probablemente sería otro ente molesto que solo quiere usar ropa bonita todo el tiempo. Me deprime pensar en quién sería». A veces le gusta subirse a su coche y poner a todo volumen esa canción de Adele, «I hope I learn to get over myself». «Y yo estoy como, ‘Si, la vida real está pasando. La vida real está pasando».

Y para ella, está a punto de suceder en privado, o la aproximación más cercana que pueda lograr. Dice que está preparada para promocionar el documental, pero luego planea ir a Nueva York y desaparecer. Me enseña una foto de la chimenea del apartamento que ha alquilado. «Me gusta todo el aguanieve y la asquerosidad», dice sobre el invierno en Nueva York. «Me encanta estar cerca de todas las abuelas judías. Nada se compara con estar en tu casa en una manta junto a la chimenea leyendo o viendo algo». Pronto, se sentará junto a ese fuego. Leerá y escribirá y quizá vea Portlandia. Tendrá conversaciones consigo misma. Hará cosas para apoyar su salud mental, y una de esas cosas que hará es simplemente retirarse. «Esto es probablemente lo más que oirás de mí durante un tiempo», dice antes de que me vaya. «Quiero que esto salga a la luz, pero también quiero que quede atrás. De vez en cuando es importante simplemente desaparecer».

Mientras recojo mis cosas, Gomez me abraza de nuevo, con fuerza. «No sé qué espera la gente», dice sobre cómo se recibirá el documental. «Pero gracias». Yo también le doy las gracias, por la visita, por escucharme, por todo. Luego salgo a la luz del sol, llevando mi equipaje, literal y figurado, conmigo. Esta historia no tiene un final feliz. Pero también: esta historia no tiene un final. «La vida real está pasando», como dice Gomez. La vida real está ocurriendo. Este no es el final.

 

by Rolling Stone